Un hueco en el procedimiento

Como ya habréis deducido por mis últimos artículos (Sobre casas e inmortales, Héroes silenciosos, El verdadero secreto de la inmortalidad), estas últimas semanas me traen recuerdos. Hoy la memoria se me activa por mi propio estado de salud. Resulta que padezco una enfermedad crónica que intento mantener a raya, pero de vez en cuando me gana algún round. Cuando eso pasa me suelo acordar de la penúltima vez que me ingresaron en el hospital. Concretamente recuerdo pasar la noche en un pasillo porque no había camas disponibles en planta. Mi madre me había acompañado desde urgencias, y mi padre esperaba fuera, pues solo se permitía un acompañante. Pero se hacía tarde y no podían hacer nada por mí, así que insté a mi madre a que se fueran a casa.

De pronto por detrás de mí se abrió una pesada puerta (la misma que los celadores golpearían una y otra vez contra mi cama durante toda la noche) y apareció mi padre. No sé cómo lo hizo, pero había deducido el pasillo exacto al que me habrían llevado, más allá de urgencias, y, aunque solo se permitía un acompañante, había decidido que eludiría el procedimiento accediendo al pasillo por el lado permitido. Para estar conmigo.

Mi padre, siempre tan recto en relación a las reglas, no era la primera vez que hacía alarde de encontrar algún hueco en el procedimiento para prestar alguna ayuda a su familia. Tenía una habilidad especial para analizar situaciones y lugares y descubrir cómo funcionaban las cosas.

Naturalmente les insistí en que se fueran a casa. Que al menos ellos pudieran descansar en sus camas. Pero en ese momento decidí, o quizá lo aprendí, sin ser del todo consciente de ello, que yo también sería capaz de encontrar «huecos» en los procedimientos cuando fuera necesario.

1 de septiembre de 2010

Entonces fue mi padre quien ingresó en el hospital, inconsciente. Y no, no fuí capaz de colarme por algún pasillo a un box de urgencias. Aunque claro, la situación era distinta. Lo habían entubado después de una crisis “epiléptica” (para que nos entendamos) de origen desconocido. Le habían inducido un coma y, mientras no supieran la razón de la crisis, necesitaba quedarse en la UCI. En esa ocasión tampoco había camas libres, así que lo trasladaron a otro hospital.

Durante tres días mi madre, mis hermanos y yo fuimos a visitarlo a las horas permitidas, casi siempre acompañados por un “séquito” de otros familiares y amigos que merecen, como mínimo, todo el cariño que mostraron.

Durante tres días el estado de mi padre nos resultaba confuso. Entubado, bajo los efectos de la sedación, nos miraba, nos reconocía con ojos vidriosos, intentaba comunicarse sin éxito (con el tubo en la garganta) y se quejaba mucho poniéndose las manos en el bajo vientre e intentando arrancarse la sonda. Todo ello con más o menos nerviosismo, pero siempre terminaba muy nervioso, casi ido.

Durante tres días el informe personal del médico nos confundió todavía más… Decía que mi padre “no conectaba” con ellos. Que seguramente con nosotros tampoco, que serían imaginaciones nuestras, que apenas mantenía el contacto ocular y que no obedecía las órdenes de tranquilizarse ni cualesquiera otras. Y mientras no lo hiciera no podían quitarle la respiración asistida porque, según ellos, la necesitaba.

Durante tres días no hubo más información, y no encontraban ninguna causa fehaciente para la crisis que mi padre había sufrido.

Durante tres días hicimos todo lo que nos permitieron por ayudar, informando a los médicos de todo lo sucedido, de cualquier idea que se nos ocurría por si servía de algo. La parte clave para mi fueron las palabras de mi hermano Micky, que repitió varias veces en esos días:

—Nuestro padre no es «nervioso»: es «extremadamente nervioso». ¿No puede ser que cuando le quitan la sedación se sobresalte porque no sabe qué le ha pasado o si nos ha pasado algo a nosotros? Insisto, mi padre antes de ser ni tan siquiera consciente, pensará «mecagüentodo ¿dónde está mi familia?” e intentará por todos los medios levantarse y buscarnos.

Durante tres días nos ignoraron. Pero no les culpo. Es lógico. Seguían estrictamente el procedimiento.

Por mi formación y experiencias, yo podía hablar de tú a tú sobre neurología con el médico, pero su decidida postura me hacía dudar de si volveríamos a ver a mi padre fuera del coma. Un momento dado me fui al baño a derrumbarme. Mi hermano Agustín me siguió y me consoló y me animó con otra postura decidida: nuestro padre no iba a morir.

Con energías renovadas, pensé y pensé en cómo solucionar la situación. En cómo eludir el procedimiento. Creía que había una forma, pero implicaba abusar de la confianza de alguien, algo que siempre prefiero evitar. No se me ocurría nada más, así que para convencerme de que había encontrado nuestro hueco en el procedimiento, recurrí a mi hermana Marga. Era la única capaz de convencerme de aquel dicho sobre llorar y mamar.

—Necesito un empujoncito — le dije.

Y me lo dio.

(Continuará…)

Continúa en «Sobre bromas y tumores«

Artículo basado en un original publicado en Primus Inter Pares el 18 de agosto de 2011

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